martes 11 de agosto de 2009

Enfadador De Profesión

Yo estoy en su pensamiento y usted lo sabe muy bien, así que cada miércoles nos ponemos una cita al salir de este salón, usted va y compra un tinto y yo me siento acá a esperar a que usted pase y compre su tinto, así tengo la oportunidad de verlo dos veces, una cuando pasa y no me mira, dos cuando pasa y tampoco me mira pero se toma el tiempo para hacer una pausa, darme la espalda, recordarme que me está ignorando. Ja, como si olvidáramos que sabemos muchas cosas, que nos leemos sin decirnos nada, que nuestros ojos hablan, que nuestros cuerpos se quieren abrazar y se han contado secretos que ni siquiera ellos mismos conocían. ¿Pero ahora qué me pide? que me contenga que no llore que no exprese mi resentimiento. Siempre me he quejado, me he quejado por olerle la rabia a todo el mundo, pero ahora soy yo la que exuda ese olor a rabia, y usted me ha envenenado y es por su veneno que ahora estoy así. Comprendo, comprendo muy bien que no debí fijarme, fijarme en un hombre de actos ocultos, cuya vanidad corroe y corrompe todo lo que tiene, ¿pero sabe qué? Usted me necesita, porque fuera de acá no es nada ni nadie, fuera de esta institución nadie se le acerca a preguntarle sobre cosas que no han entendido, ¿qué cosa me puede recomendar? para averiguar qué otra cosa me puede ayudar para saber más sobre ciertas cosas que ignoro y tengo la necesidad de conocer. Yo, diría sin miedo a equivocarme, que tengo necesidad de conocerlo, de besarlo, de palparlo, de entrar en su vida pero no para quedarme, no le estoy pidiendo que me ame, ni que nos casemos, ni que seamos amantes, simplemente quiero vivirle, quiero sentirle, quiero que me mienta, quiero mentirle y quiero que nos creamos nuestras mentiras ¿es mucho pedir eso? Pero bueno, volveré al inicio de este cuento, porque todo tiene su proceso y yo no pretendo cortarlo por estar arrebatada en estos sentimientos que me bloquean y no me dejan pensar, aun así, sigo hablando hablando hablando y ya estoy cansada de tanto hablar, quiero actuar. ¿Andar sin pensamiento? como si en serio hubiera un manual que dijera qué instrucciones seguir para no cometer los mismos errores, ¿pero de qué me quejo? De que no me mire, que no me hable, que pase por mi lado sin notar mi presencia, ¿pero qué? ¿Quiere que salga o que entre? Cómo quiere que salga si usted ya entró, maldito. Podría pensar en miles de cosas, estos errores, estas torpezas al vernos, al hacer contacto, este esquivar de nuestras energías que quieren encontrarse, solo hablan de aquello que yo siento y que usted siente, aquello que me corresponde. Pero no puedo quejarme, es mi culpa, siempre me ha pasado y es un problema. Como aquella vez en la que después de discutir fuertemente en su clase usted salio y me dijo: “China, usted es la embarrada ¿no?” Y me dio un abrazo, yo no esperaba ese abrazo, así que puse fuertemente mi brazo contra su cuerpo y le di un empujón hacia atrás, yo se que con esa diplomacia que le caracteriza usted no supo mas que fingir y abrazarme suavemente como si yo no le estuviera alejando, de hecho yo me decía estúpida, lo estás alejando ¿pero qué podía hacer? Si así era y no podía detenerlo, todo pasó tan rápido, que yo lo pensaba pero no tuve tiempo de actuar. Yo me lo tiré, y ese es el problema cuando hay un discurso de por medio, usted tiene muy claras sus reglas, que relaciones entre profesores y alumnos nada que ver, que el saludo escasamente de lejos, y más con las mujeres, no crea que no me he dado cuenta de que es un machista, es un maldito perro machista. Buenos Díaz profesor y usted como si nada callaba, segunda clase, buenos Díaz profesor y usted miraba distraído, el tercer día me dije a mi misma, que hablaba muy pasito y casi ni me escuché, así que a pleno grito dije, buenos Díaz profesor, ¿pero qué me encontré? Que no era un problema de tono, era que, simplemente, no quería contestarme, como si creyera que yo lo estaba pretendiendo desde el principio… Eso, fue algo que vino después, después de que abrió sus ojos y abrió su boca, pero al principio le aseguro que yo sólo quería saludarlo y ser tratada como un igual, sexista eso es lo que es. Pero como le iba diciendo, después del abrazo, de mi brazo haciendo fuerza, pues ya entendió y no se volvió a acercar, y ya no se qué hacer, no quiero tener ese coqueteo vulgar que seguramente tienen todas las mujerzuelas que andan detrás suyo, me rehusó a ser esa mujer suave, común, mi coqueteo tiene que ser espeso, sustancioso. Mi coqueteo tiene que confundirse, no tiene que parecer coqueteo. De esas cosas que me molestaban al verle era que me decía China, yo no sabia si era el China despectivo o de cachaco, como aquella vez en la que dijo, mi señora dice que las muchachas de ahora se visten como locas, porque se están vistiendo como las mujeres de los 80´s, pero puede ser que usted sea de ese espécimen que le dice señora a la novia, un cachaco completísimo. A propósito de eso, me dejó sin saber si estaba casado o no, aunque yo se que cuando de amor se trata no importa eso, y aunque muchos me juzguen por decir estas cosas, no puedo ser hipócrita conmigo misma, no puedo negármelo, no me importa su esposa porque el compromiso que usted tiene con ella difiere del que va a tener conmigo. Pero a lo que voy, es que por lo menos antes me decía China, yo pasaba y me decía China, Ole, Ole China, Oleee. Pero es que ahora ni siquiera eso, ahora me evita y baja su mirada, como si yo no me diera cuenta, como si no me doliera, como si creyera que me le echaría encima para cubrirlo de besos babosos y desesperados. Su descortesía ha sido tanta que yo hasta he tenido que hacerle trampa a nuestro encuentro, el otro día no esperé a que usted se devolviera, el otro miércoles apenas usted pasó por el tinto yo me le fui detrás, con el tumulto de gente que había en la cafetería usted se devolvió, desprevenido, con su tinto en la mano y yo me le aparecí ahí, como si nada, para que se viera un encuentro de lo más accidentado, de lo mas casual, yo quería que usted me quemara con ese tinto, que por lo menos algún calor estuviera acá en este cuerpo, pero no, usted como siempre tan cuidadoso no fue capaz de regarme el tinto, yo quería quemarme, chorrearme, ensuciarme la ropa, que usted sintiera que me debía algo, que por lo menos me tocara, me limpiara, que me manoseara aunque sea un poquito, que se sonrojara conmigo. Pero nada de eso pasó. Usted tiene la culpa y se lo repito, usted clavó su veneno, nadie se vende de una forma tan bella así no más, como esa vez que estábamos en la clase y me dijo China, pasándome un marcador, dibuje una rayuela que acá estos no han leído a Cortazar, yo pasé y dibujé la rayuela, después un hombrecito que tiraba una piedra, uno, dos, tres, cuatro, cinco-seis, siete, ocho, cielo-infierno… Zas, gira. Ocho, siete, seis-cinco, cuatro, tres, dos, recoge la piedra, piso una línea, perdió. ¿Por qué me escogió a mí? Pudo haber escogido entre todas, a cualquier otra, una que no terminara padeciendo este mal que ahora cargo, pero me escogió a mí porque me estaba coqueteando, me escogió a mí porque sabía que… Yo quería que me escogiera, sí, es cierto, yo quería que me escogiera, pero por eso, a eso voy. Está prohibido entrar a medias, está prohibido entrar y arrepentirse a mitad del camino, entre y salga, entre y salga, entre y salga y ya cuando se canse, lárguese. Pero por lo menos úseme un poquito, no venga a antojarme de cosas que no me va a dejar probar, profesor. Y por favor deje de subestimarme, la otra vez me contesto con un: MUCHAS GRACIAS! En mayúscula, y con signo de exclamación, yo sabía que eso era sarcasmo, no era necesario, además ese tipo de regalos no solo los tengo con usted, como pudo ver se los envié a muchos correos electrónicos, estaba dando un regalo, era un cuento, era Rashômon un cuento que me gusta, hubiese sido mejor que no contestara nada, realmente yo no esperaba que contestara nada porque ya había enviado como tres textos a mucha gente y pues sí, entre ellos su correo, pero nunca nadie contesta nada, y usted no había contestado nada, y esa vez yo no esperaba que usted contestara. Simplemente no esperaba que contestara, pero abrí y vi mi bandeja de entrada y vi, Cesar Díaz ha respondido. El corazón me palpitó, el corazón me palpitó ¿y para qué? Para caer en cuenta que, escrito en mayúsculas, en una persona como usted que seguramente tiene tremenda ortografía, con un solo signo de exclamación, óigase bien, sólo el de cerrada, si hubiera sido el par tal vez habría pensado que no fue sarcasmo, pero sólo fue uno, me imagino como haciendo esa cara de ahh esta China fastidiosa, MUCHAS GRACIAS! Como si yo no tuviera ese libro en físico, como si yo no leyera, como si yo no pudiera descargarlo por otro lado. ¿Qué le pasa? ¿Por qué no se queda quieto y me deja quieta a mi de una vez?, y pues sí, se lo envié pensando en usted, se lo envié porque sé que estuvo en Tokio, y ese cuento es de por allá, de oriente, Chino, Japonés, Coreano, no sé de dónde es, pero se lo envié por eso, porque sabía que posiblemente le podía gustar, y porque sabía que posiblemente había visto la película basada en ese cuento y le había gustado y quería entrar en su pensamiento así sea a la fuerza, y no me importa, se lo confieso, prefiero confesar y quedar como una estúpida, a seguirme ahogando en este silencio que usted impone, y no se vaya a reír por favor, no se vaya a reír porque si lo hace me voy a desvanecer acá delante suyo. Si, así como el mensaje, el sarcástico mensaje, el irónico, y como ese hola que me dio a cambio de una regada de tinto que era lo que yo quería, con eso tan poquito me bastó para estar alegre todo el día, como si un simple hola, como si una respuesta fuera suficiente para cambiar el mundo para cambiar aunque sea mi vida, pero usted sabe que no es nada, no es nada y es muy poco para una hambrienta como yo, hambrienta de todo, no crea que es solo de usted, deje de creerse tan especial. Es más, no sólo me ha bastado con eso, también he hecho otras cosas de las cuales no me enorgullezco, pero se las quiero contar porque este momento lo elegí para eso. Me dije que inventaría un cuento, uno que mendigara y a gritos contara esta historia, y que si al otro día Dios me conseguía, me concedía la gracia de verlo, profesor, tendría que contarle mi verdad, y mi verdad era que la noche anterior había escrito un cuento, y que en ese cuento había prometido que si al otro día tenía la gracia de verle, tendría que confesarle mi amor, plagiaba ciertas cosas porque yo para escribir no soy muy buena, por ahí recordé una frase que leí cierta vez, pero es que era precisa porque es que desde que lo conozco me ha entrado un viento en los pies, un viento que me hace sentir viva, un viento vital que me hace caminar, y camino, camino y camino y podría llegar caminando hasta mi casa todos los días, pero no lo hago porque mas allá del centro se pone fea la cosa y no quiero que me roben, ni que me rayen la cara, ni que me hagan daño, porque si no se fija en mí ahora, que estoy más o menos, más o menos aceptable, no se va a fijar si tengo cicatrices de alguna cortada en la cara o algo por el estilo, y toco madera porque no quiero que me pase, profesor, pero a lo que voy es que usted me ha hecho sentir viva, y apenas me bajo de esta especie de ruta escolar que se encarga de bajarnos de la montaña y dejarnos a nuestra suerte ya en Bogotá, empiezo a caminar hacia el sur, y llego hasta los límites, hasta los límites. El otro día hasta excedí mi propio límite porque no me sentía cansada, me sentía viva y tenía que sacar esa vida de alguna forma, ya que no puedo sacarla por medio del placer físico, porque por mi forma de hablar me tildan de boqui-floja, de loca, de blanda y no encuentro quién me ame, quién me toque, quién me consienta, quién entienda qué es lo que yo quiero, y bueno, a eso no viene esta historia; realmente llegué más lejos desde donde siempre camino pero no paso de ahí, luego tomé el autobús que me llevó el resto de camino hacia mi casa, a lo que voy es a que esa frase decía “Andábamos Sin Buscarnos Pero Sabiendo Que Andábamos Para Encontrarnos” y así ando yo, pero ya no más, por eso le estoy contando todo esto, porque realmente ya me cansé de seguirle sus humos, realmente ya la garganta no me aguanta por más que fume Belmont en vez de esos cigarrillos pesados, sin filtro, esos tabacos que usted se la pasa consumiendo, porque ya estoy cansada de perseguirlo hasta en los humos, señor, ya estoy cansada de tomar tinto por que se me manchan los dientes, y yo no tengo plata para blanqueamientos dentales, y a usted es a la única persona a la que le lucen los dientes así, medio amarillitos, yo los quiero tener blancos, blancos como el coco, como la nieve, ¡yo qué sé! Esto es más que todo una despedida, no crea que me le estoy declarando, es una despedida, porque aunque escribí el cuento y aunque tenía la promesa encima, y aunque me lo encontré, y se supone que siendo consecuente con eso debería cumplir la promesa, nada que hacer, lo siento pero no hay nada que hacer, yo no puedo dejarme caer como si en serio yo no valiera nada, como si usted fuera un dios sacado quién sabe de qué mundo, y al igual lo que le dije, andaba, andaba por las calles, andaba por el Oma, por el Juan Valdéz, por la cafetería, por donde la señora de los tintos porque yo se que usted se la pasa ahí, porque lo estaba buscando, porque lo estaba persiguiendo, porque lo estaba olfateando, y lo encontré pero no fue un accidente, y el cuento planteaba que tenía que ser casualidad, un don divino, la gracia de Dios de poderle encontrar, y yo sé que eso no fue así, yo sé que lo busqué, yo sé que este momento es forzoso, y está forzado y ya lo debo tener cansado, pero no quiero que me diga nada, mejor hasta luego y quiero sólo decirle una cosa. Me hago llamar Desirée, y eso significa la que es deseada, y yo no puedo con las cosas que no son coherentes, porque si soy deseada ¿usted por qué me ignora? Así que solo quiero que sepa mi nombre para que por lo menos si algún día se le da la gana de volverme a saludar no me diga Ole, ni China, sino que me llame por mi nombre y que esto le recuerde que soy deseada, deseada por otros que saben aprovecharme mejor que usted, deseada por otros a los que nunca me les voy a acercar porque son poca cosa, son poca cosa y aparte de todo yo estoy en un duelo, y estoy de luto y ya, ya todo me sabe amargo. Como dice ese tango de Baglietto “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento” y aunque yo no pueda partir porque ni siquiera esta historia se completó o se inició o como quiera llamarle, y así yo no haya podido amar, aunque no, no, ¿Quién está diciendo que yo no lo ame? porque yo sí lo amo, sí lo amo y ese amor que yo siento por usted nadie me lo va a quitar, así usted no quiera compartirlo conmigo no me puede despojar de él, creo que saber sufrir ya lo sé muy bien, ahora que estoy más liviana sólo me queda taparme las orejas y cerrar los ojos, antes de que usted se decida a decir o gesticular algo que me cargue de nuevo de algún pensamiento.

miércoles 5 de agosto de 2009

Donde Duermen Las Moscas

Días antes ella se había encargado de preparar el encuentro, tenía las cuentas claras, el tercer día de su periodo era el domingo, así que el lunes sangraría poco, o mas bien lo necesario para simular el descalabro de una paloma que se supone debería estar intacta. Resuelta, aprovechó que en Viernes Santo su madre no la ponía a barrer la casa y decidió adelantar los preparativos para lo que el brío no daba más espera. Tomó un triple filo desechable y lo pasó por su pelvis dejándola de un blanco perico que no contrastaba muy bien con sus ojos verdes marihuana; después preparó un menjurje a base de aceite de coco y Coca-cola y se subió en bola a la terraza de su casa para tomar el mismo tono de piel que tienen las modelos del camión de cerveza Águila que cada semana visita su pueblo. Tendida bajo el sol maquinaba las miradas, los sollozos, incluso las torpezas propias de una virgen, dejándose invadir por un sentimiento de culpabilidad que la llevó a pensar que tal vez Dios la escupiría desde el cielo por su intención de ligar marrano con tontas patrañas o que de algún modo la castigaría por estar en esas en pleno Viernes Santo. Repitió para sí misma toco madera, viejo amuleto heredado de su abuela que sirve para reprimir los malos pensamientos. El problema fue que ahí tendida no encontró mesa, guacal o árbol para dar los dos golpecitos sobre la superficie nombrada que suelen acompañar la oración. Pararse le resulto engorroso así que no se preocupó demasiado, después de todo ¿Qué era un escupitajo?


Con una llamada telefónica la noche anterior al gran día, el novio de dicha chica se había asegurado de que el dolor en sus duros huevos por fin desaparecería.

La chica artimaña en esa mañana se bañó con bastante dedicación y luego tuvo para con su cuerpo el ritual que suelen tener las amantes esclavas de los sentidos: humectó su piel, cortó sus uñas, utilizó gran cantidad de agua de rosas pensando en combinarla con esa ropa interior rosada que su madre aún insistía en comprarle. No le importaba toda la bambalina que fuese necesaria con tal de recuperar ese olor virginal. Estaba resuelto y punto, ni siquiera logro detenerla ese barro rojizo que tenía justo encima de los labios.


Sintió risa al verle tan educado. Ella con tremendas ganas, pero ni por el carajo podría permitirse tomar la iniciativa. Aún así poquito a poco la cosa fue tomando ritmo y entre manoteos torpes, risas nerviosas e instrucciones mata-pasiones por fin logró tenerlo encima. El empezó a mecerse sobre su sexo, ella sintió dolor; pensó que era por su cinturón así que le pidió quitárselo, luego él continuó con la misma maniobra pero esta vez ya sólo en calzoncillos. El dolor continuó, así que ella se desprendió de su pantalón pero conservó puestos los calzoncitos ya que en ellos debería quedar la prueba de su castidad. Continuaron en lo propio cuando ella definitivamente no pudo mas del dolor, en medio de su tremenda irritación le voceaba al jovenzuelo que parara, pero ya era muy tarde, lo sabía, lo había vivido en un par de ocasiones anteriores cuando ya se había hecho cargo de desvirgar a otros chicos del pueblo. Los síntomas eran claros: los ojos se les ponían furios y luego un resorte poderoso se les metía en la cadera, haciéndoles restregar su miembro con rabia y con fuerza, con dolor y necesidad, prácticamente se olvidaban de ese ser que yacía bajo su cuerpo, no era de extrañar que el paso a seguir fuese una nalgada, una mechoneada, en el mejor de los casos un insulto. Nada que hacer, lo sabía perfectamente así que ni insistió en pedirle que parara, más bien se alegró porque verdaderas lágrimas se deslizaron por su cara, estaba confiadísima que pronto el dolor se convertiría en placer, el seguía moviéndose encima suyo en esa forma que sólo resisten los adolescentes que aún no ejecutan el acto completo.


Efectivamente el goce invadió el centro de su sexo, olvidando por completo el ardor anterior, así mismo la respuesta violenta por parte del muchachote no se hizo a esperar y de un tirón le rasgó los calzones, ahora ambos completamente desnudos pudieron saborearse mejor, él decidió bajar para beber de esa fresa jugosa, y no llevaba mucho en esa situación cuando hizo cierta presión con su mano encima de la pelvis femenina que ahora degustaba, inmediatamente en esa parte de su cuerpo se escucho una explosión, ella gimoteo y movió bruscamente sus rodillas, todo esto provocado por un corto pero intenso corrientazo doloroso nacido justo en el centro de ese punto que indica que ya no se puede más placer, que de seguir lo único que obtendrá serán estas recargas eléctricas que provocan un fastidio mayor al de mil hormigas marchando cuesta arriba por el conducto urinario, el olor a sangre negra triunfó totalmente sobre el agua de rosas en la nariz incauta del mozo. Resultó que el chico tampoco era novato en las labores amatorias y apenas notó que algo andaba mal paró súbitamente corriendo a encender la luz, tenía ensangrentada la boca, ella algo sorprendida fingió taparse con sus ropas, tímidamente, mientras que él recogió los calzoncitos rotos y con ansiedad morbosa se acercó, le abrió las piernas y comenzó a limpiar. Cuando estaba segura de que sus cuentas habían fallado, recordó ese barro rojizo que en la mañana había visto justo encima de sus labios vaginales, y aquella explosión que también había llegado a sus oídos era exactamente igual a ese sonido provocado por el estallido de una masa purulenta.


¿Cómo se fue a dejar comer con la regla? venga y mírese, claro, es que tiene una magulladura negra encima de todo el bizcocho, ¿Cómo se hizo esa vaina? yo hasta pensé que le estaba sacando las tripas, sabe que lo mejor es que se largue, ábrace de acá.


Esas fueron las últimas palabras que ella le escuchó decir. Cuando salió de su vergonzoso letargo se vistió con rabia y sintió un ardor que ahora regresaba con más vida.


Llegó a su casa, puso a calentar en una ollita una taza de agua que luego mezcló con un chorrito de Decol; dispuesta a hacerse un baño vaginal que lograra desinfectar aquel insignificante pelo que al nacer seguramente se le había incrustado en la piel, provocando un grano que ahora gracias a esa especie de encuentro sexual estaba convertido en un verdadero chichón amoratado que expedía un fuerte olor. Sentada en la taza del baño abrió las piernas y lentamente soltó el chorrito sobre la magulladura para que lo pringara sin causar ningún tipo de chispeo. Al otro día con depilador en mano se disponía a buscar, ya entre la piel más recuperada, aquel maldito pelo que había arruinado lo que en la noche anterior habría podido ser el artificio perfecto, pero por más que escarbó no encontró rastro, ni una sola pista que apuntara al centro de su nacimiento para poder arrancarlo con rabia. Ojalá le duela al muy maldito, pensaba mientras buscaba en una porción de piel deshabitada, definitivamente era una disputa personal, solo ella contra su barro, éste por su parte también respondía con una firme mirada del único ojo blanco que tenía.


Los días pasaron, las heridas cerraron, pero aquello como si se tratase de un dolor del alma cicatrizó en falso, pues aunque la piel estaba intacta, bajo ésta seguía una hinchazón cada vez mayor. La chica muy tímida y apenada con la idea de mostrarle a alguien más su vergüenza decidió continuar con sus remedios caseros, se ponía hielo, tomaba antibióticos de esos que por alguna extraña y errónea razón le sobran de enfermedades anteriores a las personas de por ahí, incluso un día desesperada por la comezón calentó en su estufa un cuchillo al rojo vivo, pensando que al ponerlo encima de su piel lograría abrir la cicatriz permitiendo que la infección saliera y la herida cauterizara, pero apenas la punta encandécente se acercó a aquel tumulto, tembló, es más, la chica vio cómo el bultito se movió a un lado, recordó entonces como volaban las moscas borrachas por la sangre sobre el ganado sacrificado cada mes en el matadero del pueblo, como aquel día, al finalizar su sesión de bronceo un hilo de sangre escurrió por sus piernas y como no había tenido a su alcance un simple trozo de madera, había quedado indefensa ante la vida y a cambio de un escupitajo de Dios, recibió una cagada de moscardón. Rememoró también el día que acompañó a su abuelo a curar el ganado de los nuches, cómo él con habilidad lograba inyectar con una jeringa alguna dosis de Nevugon, luego hacía una cortada en la piel de los bovinos, y espichaba hasta que la larva peluda salía casi desatada de ese cuerpo ajeno. Miró a su alrededor, nuevamente puso el cuchillo en el fogón, le faltaba la jeringa y el Nevugon, pero antes de ir a la droguería, pasaría primero por la tienda de accesorios, se compraría un anillo en madera, no sea que en el camino la azoten de nuevo los malos pensamientos.